Don Pedro Tapia, el cantor de El Pedernal que guardaba doscientos versos en la memoria
El 15 de febrero de 2022 murió en El Pedernal don Pedro Tapia, a los 83 años. Era cantor a lo divino, poeta popular y una de esas personas que sostienen sin ruido la tradición de un valle entero. Cantaba, pero también componía huesos, santiguaba, hacía velorios de angelitos y era devoto de la Virgen de la Merced. Y conocía como pocos la poesía y las historias de Chincolco y El Pedernal.
Su vida no fue fácil. Los antropólogos Daniel González y Danilo Petrovich, que lo conocieron mientras investigaban los velorios de angelito, cuentan que Pedro nació en una familia de inquilinos y que, siendo niño, su familia lo entregó al patrón como mano de obra: a los cinco años ya estaba trabajando en el fundo. Con el tiempo se hizo talabartero, un oficio de paciencia y manos finas. Y a los once empezó a aprender de memoria los versos y las entonaciones propias de El Pedernal, hasta llegar a saberse unos doscientos cantos. Los investigadores le registraron cien, y dicen que cantaba muy afinado y que su canto tenía algo de aura.
Lo encontraron preguntando pueblo por pueblo. El Pedernal, explican, es un villorrio, una comunidad agraria formada por antiguos trabajadores de un fundo que se quedaron ahí después de la Reforma Agraria. Pedro representaba para ellos el canto a lo divino de una zona precordillerana de la Cuarta y la Quinta Región, con una ritualidad muy propia: en todos esos pueblos hay vírgenes peregrinas que se alojan en distintas casas de los valles. En esas alojadas, como las que ya contamos en este sitio, se recibe a los vecinos con comida y se bailan lanzas y lanchas. Es el mundo en el que Pedro cantaba y el mundo que su voz ayudó a mantener vivo.
De esa amistad nacieron varios registros. En las sesiones de 2011, hechas para el disco sobre el velorio del angelito, se grabaron muchos versos que quedaron fuera de aquel trabajo. Años después se mezclaron y se publicaron en un doble CD, “El iris de la bonanza”, con fondos del Consejo de la Cultura de la Región de Valparaíso. Se grabó en una alojada de la Virgen, en Las Palmas, y en la propia casa de don Pedro. Trae fotos de Manuel Morales, transcripciones de los versos y declaraciones del cantor sobre su infancia, el trabajo y el canto. Está dedicado a su mujer, Ana Monardes, que había muerto poco antes, y los ingresos por las ventas eran para él, que vivía con una pensión asistencial. El título viene de un verso por literatura, y ahí está una de las singularidades de Pedro: sabía versos de fundamentos que ya casi nadie canta, por literatura, por astronomía, por geometría y por sabiduría, que convierten las experiencias de la naturaleza en poesía simple y a la vez profunda.
Su figura también inspiró “Alta esfera”, un libro de fotografías y versos de Manuel Morales, Daniel González y Danilo Petrovich sobre las tradiciones del Valle de Petorca. Y sus cantos se conservan en el archivo del Museo Campesino en Movimiento (MUCAM), donde se pueden escuchar, entre otros, el verso por la gloria y el verso por padecimiento.
Los investigadores lo dijeron con simpleza: era humilde en lo material, pero un sabio del canto, y compartiendo con él se entendía que la profundidad cultural no depende del dinero. Su legado queda en su familia, heredera del canto a lo divino y de la devoción popular, y en cada verso que alguien, en algún rincón de este valle, se aprenda de memoria.