¿Por qué el pueblo se llama Chincolco?
Hay algo bonito en el nombre de este pueblo: viene de un pájaro. El chincol es esa avecilla cantora, de pechuga clara, que cualquiera que haya vivido en el campo chileno reconoce por su canto al atardecer. Lo curioso es que no hay una sola explicación «oficial» de cómo ese pájaro terminó dándole nombre al pueblo: los estudiosos que han investigado el topónimo han llegado a registrar hasta tres versiones distintas, todas girando en torno a la misma idea central.
La más popular sostiene que el nombre deriva del pajarito cantor que la ciencia llama Fringuilla Matutina —el chincol de toda la vida— y que, sumado a la voz indígena «co» (agua), forma «Chincolco»: agua de chincol. Una segunda versión, recogida por el Instituto Chile, propone que viene de «chingkol» (chincol) más «ko» (agua o estero), y que el significado sería «estero de los chincoles». Una tercera, de Hernán Carvajal Lazo en su estudio de toponimia indígena, llega a una idea casi idéntica mediante otra variante fonética: «chinkol» más «ko», que traduciría como «estero o vertiente donde se juntan chincoles». Tres caminos lingüísticos distintos, pero todos desembocan en la misma imagen: un cauce de agua donde los chincoles se juntaban a beber.
Hay, sin embargo, una cuarta hipótesis que rompe con esa unanimidad. El padre Elías Lizana, cronista e historiador que dejó registrados sus «Apuntes para la Historia de Petorca» a comienzos del siglo XX, sostuvo que Chincolco también podría significar «rincón abrigado», si el nombre se hubiese formado a partir de los términos quichuas «chiri» y «conchu». Es una lectura completamente distinta —ya no un ave, sino un refugio geográfico— y recuerda que este valle, además de agua y pájaros, fue durante siglos un lugar de paso y resguardo para quienes cruzaban la cordillera.
Sea cual sea la versión correcta, el chincol como símbolo nunca dejó de acompañar al pueblo. El naturalista Claudio Gay transcribió alguna vez su canto como «i-tio-chiu-chiu-trri», que la imaginación popular interpretó como «¿has visto a mi tío-tío-tin?». Oreste Plath, por su parte, lo tradujo como una pregunta todavía más tierna: «¿Han visto a mi tío Agustín, con un zapato y un calcetín?». Y Pablo Neruda, que no solía regalar elogios a la ligera, llamó al chincol «músico mínimo, tenor de la frescura, propietario de la pureza matutina».
Es curioso pensarlo hoy, cuando el agua es justamente es un tema que preocupa en la provincia de Petorca. El nombre del pueblo —agua, en al menos tres de sus cuatro posibles orígenes— lleva siglos recordándonos algo que, en cierto modo, se nos ha vuelto a hacer urgente: que Chincolco existe porque hubo agua, y que sin ella ni el chincol ni nosotros tendríamos dónde beber.