Mucho antes de que existiera un pueblo con este nombre, este territorio ya estaba habitado. Según la investigación histórica reunida sobre Chincolco, los primeros pobladores conocidos del valle fueron los diaguitas, presentes desde alrededor del siglo VI, cientos de años antes de que incas o españoles pusieran un pie aquí. Petroglifos y objetos rituales hallados en la zona —entre ellos una extraordinaria antara de piedra, un instrumento musical ceremonial encontrado en El Sobrante— dan testimonio arqueológico de esa presencia diaguita, mucho más antigua de lo que suele pensarse.
Recién hacia 1443, el inca Túpac Yupanqui llegó hasta el valle de Aconcagua y estableció una guarnición, marcando el inicio de la influencia incaica en la zona. Fue entonces cuando el valle de Chincolco quedó integrado al Camino del Inca —el Qhápaq Ñan, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2014—, que en su tramo longitudinal andino cruzaba el río Chalinga, entraba al valle del Choapa y seguía hacia el sur pasando por Pedernal, el río El Sobrante y el Paso del Inca, hasta caer al estero Alicahue. El portezuelo del Pedernal fue, de hecho, uno de los pasos principales que permitió que esta gran ruta continuara desde el Choapa hacia el centro y sur del país.
De esa época quedan rastros concretos: antiguos tambos, las construcciones que servían de refugio y bodega para quienes hacían la travesía entre uno y otro lado de la cordillera, y que se usaban también como postas donde se relevaban los chasquis, los correos del inca. El propio Camino del Inca llegó a tener, en su trazado original, hasta seis metros de ancho, y se extendía —obra monumental donde las haya— desde el actual Ecuador hasta el río Cachapoal, bien al sur de Santiago.
Con el paso de los siglos, este mismo corredor cordillerano no dejó de cumplir su función de paso. Siguió usándose como ruta de crianceros y arrieros trashumantes, que por generaciones subieron y bajaron el ganado entre los valles y la veranada de altura. De esa tradición ganadera y arriera queda un testimonio muy concreto en el propio pueblo: la Ex Aduana Ganadera de Chincolco, construida en el primer cuarto del siglo XX sobre lo que hoy es la avenida Pedro Montt —la calle principal, la misma que conecta a Chincolco con Petorca y con El Sobrante. Su función tenía raíces que se remontaban a los tiempos de la Colonia: controlar el flujo de mercancías y animales que entraban y salían por los pasos cordilleranos, recaudar los gravámenes correspondientes y, en la medida de lo posible, detectar el contrabando que tanto preocupaba al erario local.
Así que la vocación de «lugar de paso» de Chincolco tiene, en realidad, varias capas superpuestas: primero fue territorio diaguita, después quedó integrado al camino incaico, más tarde se convirtió en ruta de arrieros y crianceros con su propia aduana de ganado, y siglos después volvió a aparecer en los planos como posible destino de un ferrocarril. Cambian los actores y las cargas —oro, ganado, pasajeros de tren—, pero el rol geográfico del valle como bisagra entre la cordillera y el resto de Chile central se repite una y otra vez a lo largo de su historia.