«Donde el Diablo perdió el poncho»: la ruta turística de la Comuna de Petorca
Hay un dicho viejo en el valle de Petorca que asegura que el Diablo anduvo por aquí, y que en algún punto del camino perdió el poncho. La frase tiene su origen documentado: apareció en 1894 en el diario La Voz de Petorca, dentro de un poema costumbrista de Elías Lizana, entonces vicepárroco de Hierro Viejo, que relataba en tono de copla las supuestas andanzas de Mandinga por estos cerros —nacido en La Mincha, hecho minero en el Choapa, perdiendo el poncho justo en Chalaco, y terminando finalmente enterrado, según la leyenda, en La Ligua—. Es folclore, por supuesto, pero folclore con casi ciento treinta años de historia escrita.
Ese dicho, que durante generaciones sirvió solo para explicar por qué Petorca era «tierra de brujerías y supersticiones» —herencia, dicen, de los tiempos en que la Quintrala tenía haciendas por acá y de la propia intensidad minera de la zona, con sus yacimientos de oro y cobre trabajados desde el siglo XVII—, terminó convirtiéndose en 2018 en el nombre oficial de un circuito de turismo rural: la ruta «Donde el Diablo perdió el poncho», impulsada en conjunto por la Municipalidad de Petorca e INDAP. Lo interesante, para quienes vivimos en Chincolco, es que buena parte de esta ruta transcurre literalmente por nuestro propio patio trasero.
Uno de sus puntos centrales es justamente Chalaco, la localidad que ya conocemos por sus petroglifos y que en la leyenda es, ni más ni menos, el lugar exacto donde el Diablo habría dejado tirado su poncho. A los pies del acceso a ese arte rupestre —en el sector conocido como El Arenal, dentro del sitio arqueológico de El Pedernal— se puede visitar hoy el punto que la propia ruta señala como «donde el Diablo perdió el poncho». Ahí se han catalogado 54 petroglifos con formas antropomorfas y astrológicas, cuya data se estima entre el 500 y el 2.000 a.C.: un registro más antiguo incluso que el de otros sectores de arte rupestre de la zona, dejado por culturas preincaicas que explotaban el yacimiento de pedernal —esa roca con la que se tallaban puntas de flecha— para intercambiarlo por alimentos con otros pueblos del valle.
De ese mismo pedernal, hoy convertido en pedernalita, nace uno de los oficios más singulares que ha dado Chincolco en los últimos años: el de Magdalena Tapia, nacida y criada en el pueblo, y la única artesana de la zona que trabaja esta piedra rosada tallando en ella las mismas figuras que dejaron los petroglifos originales. Su proceso completo —extracción con picota y chuzo desde la mina, corte, desgaste, redondeado y pulido a mano— rescata, pieza por pieza, un oficio que conecta directamente con el pasado arqueológico del valle. Lámparas de minero, carretas, morteros y llaveros tallados en pedernalita ya son, hoy, parte de la identidad artesanal de todo el Valle de Petorca.
El cuarto punto que conecta esta ruta con Chincolco es, quizás, el más inesperado: la producción de vino en la localidad de El Sobrante, bajo la etiqueta Campo Oculto. Ahí, en las mismas bodegas donde alguna vez trabajaron monjes agustinos y jesuitas durante la Colonia, la Sociedad El Sobrante —formada durante la Reforma Agraria, el mismo proceso que en su momento transformó la propia Hacienda El Sobrante— sigue elaborando vino artesanal de cepas país, cristal, moscatel y chicha cocida, con más de un siglo de tradición detrás. Vale la pena recordar, además, que el propio nombre de «El Sobrante» —según cuenta la tradición local— se lo puso la Quintrala, en referencia burlona a los restos de vino que sobraban en las barricas de esta zona que ella nunca quiso demasiado.
Con Chalaco, El Pedernal y El Sobrante como escenarios, la ruta «Donde el Diablo perdió el poncho» termina siendo, en el fondo, una manera de contar hacia afuera lo que en Chincolco ya sabíamos: que nuestros cerros guardan petroglifos milenarios, artesanas que los rescatan piedra por piedra, y viñas centenarias que todavía dan vino, aunque el Diablo, cuentan, haya andado por aquí perdiendo prendas de vestir.