Uno de los capítulos menos conocidos de la historia de Chincolco es el de un ferrocarril que casi llega, pero nunca lo hizo.
A comienzos del siglo XX, el llamado Longitudinal Norte —la gran red ferroviaria que buscaba conectar Santiago con el norte de Chile— fue extendiendo ramales hacia distintas localidades del interior. Antes de 1924, el tren solo llegaba hasta Pedegua. Ese año, por primera vez, el ramal se extendió hasta la propia ciudad de Petorca, un hito real para la conectividad del valle: desde entonces, Petorca quedó enlazada por riel con el resto del país.
La ilusión, sin embargo, iba más allá del punto final de las vías. El propio cronista Elías Lizana, escribiendo hacia 1910 —cuando el tren todavía ni siquiera llegaba a Petorca—, soñaba en sus crónicas con las montañas de tierras de colores que se podrían exportar «cuando el ferrocarril llegue hasta la aldea de Chincolco». Era, en ese momento, más una aspiración que un proyecto de ingeniería con fecha y presupuesto. Y esa aspiración, por más que se mantuvo viva durante años en la conversación del valle, nunca llegó a materializarse: el tren jamás alcanzó Chincolco.
El ramal que sí se construyó, el que unía Pedegua con Petorca, tuvo además una vida relativamente corta: dejó de funcionar en 1960, poco más de tres décadas después de su inauguración. O sea que ni siquiera el tramo que sí llegó a construirse alcanzó a cumplir cuarenta años de funcionamiento.
Hoy no queda vía férrea ni estación en Chincolco, porque nunca llegaron a existir. Lo que sí queda es esa curiosidad histórica: durante años, este pueblo apareció en la imaginación de cronistas y autoridades como destino de un tren que finalmente nunca tomó ese rumbo. Es una historia de las que no dejan ruinas, pero sí dejan preguntas: ¿cómo habría sido Chincolco si el tren hubiese llegado?