A pocos minutos de Chincolco se encuentra El Sobrante, una localidad que conserva uno de los testimonios arquitectónicos más interesantes de la historia rural del valle de Petorca: la antigua casa patronal de la Hacienda El Sobrante.
La construcción original —la planta baja— data de comienzos del siglo XIX. El segundo piso, hecho con materiales más livianos, se agregó recién a comienzos del siglo XX, como una ampliación posterior. Esa mezcla de épocas en una misma estructura es, de alguna manera, un resumen físico de la propia historia del valle: capas superpuestas de distintos momentos, todas conviviendo bajo un mismo techo.
La hacienda cambió de manos varias veces a lo largo del siglo XIX. Hacia 1852 pertenecía a doña Manuela Larraín de Portales, y ese mismo año fue rematada en Santiago —embargada por una demanda de la testamentaria de don Estanislao Portales— en la considerable suma de 95.200 pesos, con don Manuel Silva Ugarte como comprador ganador de la subasta. En esa época, la hacienda estaba dividida en cinco hijuelas registradas con sus deslindes exactos: El Sobrante, El Pedernal, La Encenada, la Chácara del Pedernal y Las Oficinas, una organización territorial que, con matices, todavía puede reconocerse en el mapa de localidades que rodean hoy a Chincolco. Ya a fines del siglo XIX, los registros de contribuyentes muestran a un Ignacio Álamos como propietario del Sobrante, dando inicio a lo que sería una presencia familiar larga y continuada en el sector: la familia Álamos —hoy con apellidos como Álamos Igualt o Álamos Ansted— sigue ligada hasta el presente al cuidado del patrimonio de esta localidad.
La hacienda permaneció bajo administración de grandes propietarios hasta fines de la década de 1960, cuando la Reforma Agraria transformó el mapa de la propiedad rural en todo Chile. El fundo se constituyó entonces como Centro de Reforma Agraria, y buena parte de su administración pasó a manos de quienes hasta entonces habían sido inquilinos del lugar: un giro histórico que se repitió en cientos de haciendas chilenas por esos años, y que en El Sobrante tuvo su propio capítulo local.
El nombre mismo del lugar tiene su leyenda: se dice que «El Sobrante» viene de que, durante la Colonia, esta franja de tierra no figuraba en los mapas oficiales, quedando como una especie de resto o sobrante entre propiedades ya delimitadas. La tradición local vincula estas tierras con Catalina de los Ríos y Lisperguer, la temida Quintrala, propietaria de numerosos fundos en la zona central durante el siglo XVII, aunque este sector en particular habría escapado, curiosamente, de sus planos.
Hoy, quien visita El Sobrante puede ver esa casa patronal todavía en pie, testigo silencioso de remates, haciendas, reformas agrarias y de un nombre que nació, según cuentan, de un descuido cartográfico colonial.