Pocas veces un pueblo tan pequeño ha dejado una huella tan grande en la música popular de un país. Todo empezó, en realidad, lejos de acá: en un teatro de Santiago, con dos cantores que ni siquiera pensaban en hacer folclore.
Jorge Martínez y Julio Cartagena eran un dúo que actuaba en el Teatro Esmeralda de la capital, cantando lo que se estilaba en esos escenarios de comienzos de los años veinte. Fue el empresario teatral Augusto Pérez quien los asesoró para que sumaran tonadas y cuecas a su repertorio, apostando a un tipo de música que en esos años prácticamente no se escuchaba en los escenarios formales de Santiago. La apuesta tenía sentido: la ciudad ya era, para entonces, un lugar de medio millón de habitantes, buena parte de ellos migrantes campesinos que habían llegado del interior y que no tenían dónde escuchar la música de su tierra en medio del bullicio urbano.
En 1922 se sumaron al dúo los hermanos Fernando y Guillermo Montero, y con ellos nació el primer cuarteto de guasos cantores que llegó a grabar en disco. El nombre elegido no fue casual: tomaron «Chincolco», el de un pequeño pueblo cordillerano al interior de Petorca que, según el escritor costumbrista Antonio Acevedo Hernández, representaba para los santiaguinos de la época el lugar más campesino de todo Chile. Había incluso un dicho popular que se usaba para describir a alguien de hablar muy guaso: que parecía venir de Chincolco adentro. El grupo tomó ese apodo casi cariñoso y lo convirtió en su nombre artístico, sin que ninguno de sus integrantes fuera necesariamente de acá.
Lo que vino después fue, sin exagerar, historia de la música chilena. En 1923 viajaron hasta Buenos Aires para grabar sus primeras canciones y tonadas, convirtiéndose así en el primer conjunto chileno en registrar un disco para un sello internacional. Siguieron grabando para el sello Víctor en Santiago, y hacia 1927 estaban en la cúspide de su popularidad, con discos bien publicitados que los llevaron a seguir registrando material hasta 1928. Sobre el escenario se presentaban vestidos con trajes típicos de huaso —chamanto, pañuelo y espuelas incluidos—, escenificando ante el público santiaguino una imagen del campo chileno que hasta entonces casi no tenía representación formal en la música popular.
Su funcionamiento fue irregular, como el de tantas agrupaciones nacidas casi por accidente en el mundo del espectáculo de esa época, pero su nombre quedó marcado como punto de partida de todo un camino musical. Detrás de ellos llegaron Los Cuatro Huasos en 1927, Los Quincheros en 1937 y Los Provincianos en 1938: conjuntos que profesionalizaron y masificaron ese mismo formato de cuartetos guitarreros cantando tonadas y cuecas, pero que reconocen a Los Guasos de Chincolco como su antecedente ineludible. En cierto sentido, sin este pueblo cordillerano de nombre difícil de pronunciar fuera de Petorca, la música folclórica chilena tal como la conocemos hoy habría arrancado de otra manera, o al menos con otro nombre en la partida de nacimiento.
Buena parte de esas grabaciones originales —restauradas desde discos de acetato de 78 revoluciones— fueron rescatadas y difundidas recién en 2007, gracias al trabajo del investigador Carlos Martínez. Es un lindo dato para tener presente la próxima vez que suene una tonada antigua en la radio: hay una posibilidad real de que, en algún punto de su genealogía, ese sonido tenga que ver con cuatro cantores que decidieron, hace más de cien años, ponerle a su música el nombre de nuestro pueblo.